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Todas esas cuentas pertenecen a clientes de una oscura empresa estadounidense llamada Devumi que ha recaudado millones de dólares en el mercado global del fraude en las redes sociales. Devumi vende seguidores de Twitter y retuits a celebridades, negocios y cualquier persona que quiera ser más popular o ejercer influencia en internet. Las cuentas que más se parecen a las personas reales, como la de Rychly, muestran el patrón de una especie de robo de identidad social a gran escala. Al menos 55.000 cuentas de Devumi usan los nombres, fotos de perfil, lugares de origen y otros detalles personales de usuarios reales de Twitter, incluidos menores de edad, según un análisis de datos realizado por el Times. “No quiero que mi foto esté relacionada a esa cuenta, ni mi nombre”, dijo Rychly, quien ahora tiene 19 años. “No puedo creer que alguien pague por eso. Estas cuentas son monedas falsas en la floreciente economía de la influencia en internet, que toca prácticamente cualquier industria en la que una audiencia masiva —o la ilusión de que la hay— pueda ser monetizada.

En la actualidad las cuentas falsas que han sido creadas por gobiernos, delincuentes y empresarios infestan las redes sociales. Según algunos cálculos, hasta 48 millones de los usuarios activos de Twitter, casi el 15 por ciento, son cuentas automatizadas diseñadas para simular ser personas reales, aunque la compañía afirma que ese número es mucho menor. A pesar de las crecientes críticas a las compañías de medios sociales y el mayor escrutinio de los funcionarios electos, el comercio de seguidores falsos sigue siendo opaco en gran medida. Si bien Twitter y otras plataformas prohíben comprar seguidores, Devumi y docenas de otros sitios los venden abiertamente. Y las compañías de redes sociales, cuyo valor de mercado está estrechamente vinculado al número de personas que usan sus servicios, establecen sus propias reglas para detectar y eliminar cuentas falsas. El fundador de Devumi, German Calas, negó que su compañía vendiera seguidores falsos y dijo que no sabía nada sobre las identidades sociales robadas a los usuarios reales. “Las acusaciones son falsas y no tenemos conocimiento de ninguna de esas actividades”, afirmó Calas en un intercambio de correos electrónicos en noviembre.

The New York Times revisó los registros comerciales y judiciales que evidencian que Devumi tiene más de 200.000 clientes, incluyendo estrellas de reality shows, atletas profesionales, comediantes, oradores de TED, pastores y modelos. En la mayoría de los casos, según muestran los registros, esos clientes compraron sus propios seguidores. En otros, sus empleados, agentes, compañías de relaciones públicas, familiares o amigos hicieron la compra. Por solo unos centavos de dólar por cada uno, a veces incluso por menos, Devumi ofrece seguidores de Twitter, visitas en YouTube, reproducciones en SoundCloud y recomendaciones en LinkedIn. El actor John Leguizamo tiene seguidores de Devumi. También los tienen Michael Dell, el multimillonario de la informática, y Ray Lewis, el comentarista de fútbol americano y antiguo jugador de los Ravens de Baltimore. En momentos en que Facebook, Twitter y Google se enfrentan a una epidemia de manipulación política y noticias falsas, los seguidores falsos de Devumi fungen como la infantería de las batallas políticas en línea.

Los clientes de esa empresa incluyen tanto a partidarios acérrimos de Donald Trump como a comentaristas liberales y conservadores de la televisión estadounidense. Los productos de Devumi también atienden las necesidades de políticos y gobiernos del resto del mundo. Kristin Binns, una portavoz de Twitter, dijo que la empresa no suele suspender a usuarios bajo sospecha de adquirir bots, en parte porque es difícil saber quién es el responsable de una compra determinada. Twitter no quiso revelar si un muestreo de cuentas falsas proporcionado por el Times —cuentas hechas a partir de la información de usuarios reales— violaban las políticas de la empresa en contra de la suplantación de identidad. “Seguimos luchando para responder a cualquier automatización maliciosa en nuestra plataforma, así como cuentas falsas o de spam”, dijo Binns. A diferencia de algunas empresas de redes sociales, Twitter no exige que sus cuentas estén vinculadas a una persona real. También permite un mayor acceso automatizado a su plataforma que otras compañías, lo que facilita la creación y el control de grandes cantidades de cuentas.

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